Me amarré los cordones de los zapatos y me están empujando. O sea, me enredaron y voy en picada al suelo. ¡Salven a este gavioto con bototos!
Chachareábamos de la importancia de la puntuación y ahora entramos al tremendo valor de la imperfección.
Eso debe querer decir que estamos de acuerdo que la puntuación es un “choix avec avantage” para la relación haijin-lector y que otras opciones son “válidos métodos de contacto entre creador y lector”.
¡Viva el glorioso!
Hemos llegado a un acuerdo tácito, respetaremos los haikus del otro y las opiniones en el portal. Hemos dado un puntapié al pragmatismo. Hemos creado un espacio donde podremos desarrollarnos sin temor a la crítica negativa. Hemos inventado la píldora anti paranoia. Hemos borrado las rayas de la cancha… hoy podemos oler la perfección de las hojas de las peonías y encontrado el sujeto entre el haijin y la mariposa en la roca.
¡Que nadie pregunte qué es un haiku!
Pero no. Gio lo hará, lo conozco y si no es ahora mismo, lo hará cuando nos encontremos a compartir una cerveza en la capital de este país de librerías con poquísima poesía y un único cuadernito de haiku. Lo hará porque ya lo hizo el mes pasado mientras comía un “hog dog” y su espíritu de libre explorador observaba como la palta (aguacate), caía sobre la antología que le habían enviado los tradicionalistas del “Rincón del Haiku”.
Continúo en perfecta caída.
Ya les dije, fui y juré nunca más ir. Pero voy cayendo de hocico al asfalto artificial de no sé qué portal, porque me enredaron. Pero, antes deseo decir a amigo Rojo que Yves Bonnefoy nunca dijo que “la imperfección es la cima”. Es un error de traducción o una interpretación de la imagen en otro contexto. El francés utiliza esa “mínima” para defenderse de las críticas negativas a sus traducciones. En ese campo, el dice que las traducciones de los haikus deben pasar del pensamiento a traducciones de la vida y que tal vez ese sea un otro salto a lo imposible de la “perfección” en la traducción. Son muy interesantes los prólogos de Bonnefoy, me molesta como encierra en “kigo” sus selecciones de Haiku Clásico y adoro la libertad que se toma en la distribución; tres versos espaciosos no amarrados por conteo de silabas.
Cuando uno va cayendo pasan mil imágenes. Si bien parecen desordenadas, son las cosas que vivimos y esos fash nos juzgan o juzgamos.
Uf… Me salvé. Porque si uno vuela, quiere decir que sabe aterrizar y con eso no hay no caídas duras. Eso mismo pasa cuando un haijin decide presentarse sin punto ni coma… hay que saber aterrizar.

