Voy por ese camino
Voy por ese largo camino, que antaño hicimos juntos. Está cubierto de hojas humedecidas por el rocío. No suenan al pisarlas. A ambos lados nos observan, árboles gigantescos. Las raíces, a menudo sobresalen del suelo y hay que sortearlas para no caer. Por arriba, como la cúpula pintada de un templo florentino, un cielo azul se deja ver entre las frondosas ramas. Este camino no conduce a ningún sitio-no hay casa al final- muere en un llano donde encuentro una cancela metálica, que impide a las ovejas entrar al redil hasta que el pastor, lo estima necesario. Un cencerro se escucha a lo lejos.
Se esconde el sol
asaetando encinas,
(sus troncos viejos).
Apenas salgo de la casa, dirijo mis pasos hacia el arroyo, que ahora viene muy crecido. Lo atravieso, pisando sobre las rocas cubiertas de algas, que entrecortan su espumeante y ruidosa carrera. Al otro lado crecen juncos de una altura considerable, menos mal que parte de ellos han cedido (se abre un paso) por el ir y venir de los cerdos, en su repetido afán de revolcarse en las fangosas charcas cercanas. Un bosque verde claro de orgullosos castaños, con sus esbeltos y rectos troncos, apuntando hacia el cielo, se abre ante mis ojos. Bajo ellos, se ha tejido una alfombra rosa de miles y miles de peonías, nunca me agradó excesivamente su olor, pero verlas como hago ahora, echado sobre el suelo, es un sublime espectáculo.
Charca verde,
el mastín juguetea
entre las ranas.
Una vez que despierto del ensueño mágico de este paisaje, voy hacia un lugar que eternamente me atrajo. El agua llega hasta allí por un caño del grueso de un brazo, y salta desde unos dos metros con monótona música que recuerda el sonido que se escapa al percutir cántaros vacíos. No obstante y pese a que este entorno es muy bello, lo que me atrae de este lugar, es la presencia de pequeñas y preciosas salamandras, que con su piel pintada se desplazan nadando grácilmente, casi pegadas a un fondo limoso que se enturbia a su paso. Verlas es retrotraerme a mi infancia (renovarme por fin).
Ahora que me despido del sitio, siento la misma sed que entonces y algo me obliga a repetir el gesto: bebo el jugo de las frutas, me refresco la cara y vuelvo sobre mis pasos.
La blanca alberca,
la del viejo granado,
lleno de frutos.
Los últimos rayos de un sol, que se ha mostrado afectuoso con nuestro cuerpo durante todo el día, se filtran por entre las hojas, las ramas y los troncos, tiñendo de dorado cuanto tocan. Las piedras, las raíces, las cortezas, nuestras manos son de oro en este maravilloso instante. La bruma de la tarde va durmiendo los árboles.
Entre la bruma,
caminos en el cielo,
silencio y calma.

